5 noviembre 2020

 Soñé con el CCH que yo era un yonqui flaco, y acompañaba a unos cuates a llevar una serenata cutre con una bocina a una chica que vivía a unas calles, cerca de una escalera en una colina donde grabaron un fantasma tipo sombra. Estaba oscureciendo y camino a la serenata fui a cambiarme los tenis a la banca de mi crew, viendo a los alumnos salir de clases, cientos de rostros, algunos conocidos, una o dos chicas con las que creo que tuve oportunidad y nunca les hablé. Finalmente, yendo a la serenata me encontré a la chica y ella me reconoció, apenas, entre mi demacrez, yo era su ex novio, vi lástima en sus ojos, probablemente era Gaby, Güera o Érocka. El Morrison o el Merol le cantó The Man Who Sold The World.

Yo le decía Naranjita Dulce, como a mi hermanita perdida.

Con pena me fui rumbo al metro, eran líneas impresionantes, con puentes y muchas correspondencias que iban a todas partes de la Ciudad, el piso estaba resbaloso, había muchas escaleras, el metro no pasaba y varios nos fuimos caminando por el túnel.

Llegamos a la oculta Kadat, una antigua y tétrica Ciudad llena de iglesias abandonadas, incluida aquella cuya fachada es un el Divino Rostro lastimoso y sangrando. Aquella Ciudad estaba más arriba del Tepeyac en otra colina, algunas personas iban de aquí para allá entre sus calles empedradas, yo las veía desde las alturas de un teleférico. Alguna vez visité esa Ciudad, era peligrosa porque en las faldas de esa montaña había cientos de casas apretujadas, con delincuentes e invasores. Kadath contaba con acueductos y canales de piedra abandonados, y en su mayoría se hallaba inexplorada, pues mucha gente, incluidos los vecinos de abajo, la consideraban maldita.

Mi sueño terminó cuando llegué a casa de mis abuelitos a comer frijoles recién hechos y tortillas servidos en un plato de plástico verde, sentado sobre un banco pequeño, puesto el plato en un banco más grande a manera de mesa.

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