24 mayo 2019
Orhan Pamuk, u orphan Pamuk, el huérfano, sólo,
como todos, pidió una hoja de papel y útiles para escribir cuando un
poema vino a su mente.
Se llamaba rojo, pero era blanco como la
nieve; blanco y rojo, con suciedad y mocos, como la cocaína que no pude
retener en la nariz y que desperdicié. Coca barata, muy cortada que mi
hermanito vendía, pero que mandaba con otra persona, él se deslindaba de
esas cosas, tal vez joder a la familia no entraba en su código, así que
usaba intermediarios, pero desde lejos, con una franela roja al hombro,
vigilaba atento a su ayudante.
Mi hermano y yo, huérfanos los
dos, de diferente madre, pero con un mismo padre que nos abandonó; el
cabrón hacía eso, formaba una familia, tenía hijos y huía cuando estos
alcanzaba cierta edad o entendimiento, después formaba otra familia. Lo
hizo 3 o 4 veces, hasta donde sé, tal vez seamos 8 hijos suyos, y otros
tantos adoptados. Continuó haciéndolo hasta que le faltaron las fuerzas
para trabajar, para robar, para engañar, para hacer lo que sea que
hiciera con tal de ganar dinero.
Juan me mira de lejos, y me
sonríe con esos dientes picados y flojos, su boca parece de alguien de
60 años, pero tiene 17, él pudo ser médico, pero al final la suerte fue
para mí. Peleé muy duro sí, pero la UNAM me ayudó bastante.
Un
médico adicto a la cocaína cortada, vaya imagen. La naríz orgullosa,
afinada, llena de polvo, con las aletas bien abiertas. Los ojos de vasos
colisionados, y las pupilas de muerto.
Un supuesto instrumento de dios, bondadoso, excitado y con ganas de seguir emborrachándose.
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